A mediados de los años 70, el mundo enfrenta una grave problemática energética.
Los países experimentan la imperiosa necesidad de disponer de energía eléctrica, abundante y barata, para sustentar a los sectores productivos y sostener el desarrollo económico y social de su población.
Las naciones se enfrentan al crecimiento constante de la demanda eléctrica, lo cual obliga a disponer de inversiones en nuevas plantas generadoras que, con mucho, rebasan las posibilidades financieras.
Al mismo tiempo, el crecimiento en el consumo de las fuentes primarias de energía genera aumentos en los precios y, sobre todo, incremento en el daño ecológico producido por la quema indiscriminada de combustibles fósiles.
A las circunstancias anteriores, se suma la globalización creciente de la economía, que impone, a quien pretenda colocar sus productos en los mercados, la necesidad de elevar su eficiencia y competitividad, mejoría que es posible eliminando desperdicios en el proceso de producción, tanto de materiales y mano de obra, como en el uso de la energía, particularmente, la energía eléctrica, que es un insumo clave, al incidir de manera sustancial en los costos de operación y en la productividad. (Fig. 1) |
La necesidad de usar eficientemente la energía eléctrica, aunque se acepta como enunciado, no siempre se lleva a la práctica, no obstante las penalizaciones económicas implicadas en pagar por un insumo costoso que no se usa.
La Fig. 2 ilustra lo dicho. En particular, es frecuente que, por diversas razones, no se empleen las tecnologías más eficientes disponibles. |